
El libreto del oficialismo perdió la sincronía. Tras la captura y extradición de Nicolás Maduro y su esposa el pasado 3 de enero, los hermanos Jorge y Delcy Rodríguez dejaron al descubierto las costuras de la narrativa gubernamental.
Las contradicciones públicas sobre las últimas horas del mandatario en el palacio presidencial no solo evidencian una falta de coordinación interna, sino el desespero por maquillar los momentos previos al colapso del régimen.

Por una parte, el presidente del parlamento, Jorge Rodríguez, intentó vender una escena de lealtad absoluta en exclusiva para El País , afirmando que su hermana permaneció despachando junto a Maduro el 2 de enero hasta las 11:20 de la noche. Sin embargo, la propia protagonista desmontó la coartada de su hermano ante La Derecha Diario , asegurando que su último encuentro con el gobernante fue a las 8:00 de la noche, justo antes de trasladarse a la Isla de Margarita.

Esta brecha de más de tres horas en el relato oficial exponen algo mucho más profundo que un simple descuadre de agendas: retrata el quiebre definitivo de una era. El tiempo de Delcy Rodríguez en las altas esferas del poder civil y administrativo llegó a su fecha de caducidad con la caída de su jefe político. El vacío de poder fulminó de golpe sus funciones y prerrogativas institucionales, dejando su gestión archivada en el pasado.

En el epílogo de esta estructura, ni siquiera los operadores más hábiles logran unificar una versión coherente ante la opinión pública internacional. Mientras las agujas del reloj exponen quién miente en el guion, lo único certero es que el margen de maniobra de la exvicepresidenta se extinguió, demostrando que en el caso de un régimen la primera baja es la coordinación de sus propias mentiras.
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